miércoles, 5 de febrero de 2014

Entre Chequilla y Checa

Nunca he entendido que la llegada del frío fuese un inconveniente para visitar las tierras molinesas. El Señorío es más bonito en invierno, y las temperaturas, aunque escandalicen por la noche, por el día son muy similares a las del resto del centro y el norte provinciales. Así que hoy os propongo una ruta invernal, con su nieve, sus rachas de viento y ese sol oxigenado que permite ver más lejos que nunca, sin bruma ni calima. Hoy vamos a pasear entre Checa y Chequilla, mejor dicho, entre Chequilla y Checa.




En esta ocasión sí es conveniente salir temprano, sin madrugar, pero no perder mucho tiempo antes de coger el coche. Ponernos a pie de senda nos costará algo más de hora y media desde Guadalajara, pero el espectáculo natural que nos encontraremos merece la pena. Durante todo el camino a pie iremos por la cresta de una sierra baja, que comunica estos dos pueblos ganaderos,  una ruta perfectamente señalizada a lo largo de un camino cómodo y no muy exigente.



Antes de llegar a Chequilla por carretera, durante el trayecto, podemos disfrutar de algunos valles singulares que forman los ríos Jándula y Cabrillas, con sus pueblos y barranqueras vistos a lo lejos, en torno a Megina. Paradas en altozanos y miradores que forman las curvas de la carretera y que nos animan a seguir viajando y a volver para descubrir lo que nos esconde la distancia.



La llegada a Chequilla suele dejar con la boca abierta a quien se acerca por primera vez, literal. Mojones naturales de más de 10 metros de altura, tolmos de piedra rojiza que parecen haber sido arrojados desde el cielo en tiempos inmemoriales, jalonan la carretera que accede al pueblo. Los caprichos rocosos juegan con las casas y con los prados en un entorno único que embriaga, que obliga a recorrer el pueblo y sus alrededores sin parar de mirar arriba y abajo.





Junto al depósito de agua, de donde nace a mano izquierda el camino que en poco más de una hora nos llevará andando hasta Checa, se recoge un ramillete de rocas areniscas horadadas por el hielo, el viento y el agua, y forman un valle estrecho que se abre a medida que se acerca al sabinar. Merece la pena detenerse, antes de emprender el camino, sentarse entre las rocas y disfrutar del momento.




Chequilla es un pueblo pequeño apoyado en una roca, con una iglesia también pequeña, pero bien cuidada. Un pueblo habitado por gente amable y abierta que resuelven cualquier duda del visitante con soltura y dedicación. Desde Chequilla a Checa hay cinco kilómetros andando que transcurren entre sabinas y monte bajo, y siempre con piedras de extrañas formas a los lados. No es fácil resumir negro sobre blanco lo que se percibe por los ojos de una manera tan brutal. 



Siempre he dicho que el paisaje del Alto Tajo y de sus inmediaciones es casi violento, provocador, acechante. Abruma por la vegetación, por la inmensidad de matices que pueden verse de un solo vistazo, por los barrancos que se han formado al desquebrajarse las piedras con el paso del agua y el viento. Ensordece el sonido de sus ríos y arroyos, ahoga la pureza de su aire oxigenado y acongoja el vacío de sus riscos y barranqueras. Los paisajes del Señorío son vírgenes, nadie ha podido alterar su fuerza y pureza primitivas, nadie nunca. Por eso hay que ir y andar por ellos.



Es fácil que nos encontremos con algún rebaño de ganado, ovejas y cabras, mientras andamos por la sierra. Los toros y las vacas que durante siglos se alimentaban de estos pastos en primavera y verano, para luego pasar el invierno por Extremadura y Andalucía, han ido desapareciendo. Ya no hay trashumancia, y aunque Checa sigue siendo tierra de buenos ganaderos, acostumbrados a la vida dura del campo y al trato, el oficio se ha ido perdiendo con el tiempo.






Al acercarnos a Checa, vemos un pueblo de grandes casas y una iglesia señorial, con sus plazas y sus fuentes. Encajado entre montañas.  Primero le divisamos desde lo alto de una loma que arranca en las inmediaciones de la iglesia. Luego, caemos de bruces a sus calles desde lo alto. Las vistas del pueblo son dignas de una postal. La nieve y el humo de los hogares dibujan una estampa acogedora. Las calles son estrechas y empinadas. Todo está recogido, como al resguardo, sin embargo la mañana es soleada y apetece andar, incluso volver por donde hemos venido si decidimos regresar al coche. 






Si se nos ha hecho la hora de comer, podéis hacerlo en el restaurante El Pinar donde la buena carne, la sopa y las alubias os devolverán el ánimo. Buen provecho.



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